Norte y Sur

Todos los años por estas fechas el mundo escenifica la división entre quienes tienen el poder y quienes lo cuestionan; entre quienes construyen los pilares del mercado global y los que sueñan que otro mundo es posible. Los primeros se reúnen en Davos, en los Alpes suizos. Los alternativos empezaron a hacerlo, hace siete años, en la localidad brasileña de Porto Alegre. El foro económico de Davos y el foro social de Porto Alegre se han convertido desde entonces en las caras opuestas de la misma moneda: norte y sur, riqueza y pobreza, poder y exclusión. En el imaginario todo contribuye a presentarlos como polos opuestos, antagónicos, y, sin embargo, en un mundo donde las principales instituciones internacionales no son capaces de hacer frente a los retos globales, Davos y Porto Alegre se han consolidado como pantallas y espacios de reflexión de un mundo que necesita ideas nuevas.
Porto Alegre, estandarte donde algunos soñadores nos han recordado que la economía no se puede desvincular de otros retos globales como la protección ambiental, las desigualdades y la preocupación por los derechos humanos, cede ahora el testigo a Nairobi. No faltan voces que presagian que el proceso languidece. Pero en todo caso, ya que el mundo actual se obstina en hacernos espectadores solo de lugares donde somos tristemente protagonistas, este nuevo escenario en el corazón de África, al que desde ayer acuden miles de activistas de todo el mundo, abre una ventana para devolver la voz a un continente olvidado y traerlo de nuevo al centro del debate político.

La voz africana

Por injusto que pueda parecer, cuando mencionamos el continente negro de manera genérica, nos referimos a una idea común que concentra buena parte de las tragedias de la humanidad contemporánea: pobreza, hambruna, conflictos, éxodos, inmigración clandestina, sida… La distancia que nos separa de África no es de kilómetros, sino de siglos. Este continente ha perdido su proximidad en nuestra lista de preocupaciones. Por eso irrumpe en el corazón de la actualidad solo cuando las noticias son malas. Cuando no lo son, la presencia africana en los medios es escasa y forma parte de unas sombras tan oscuras como la piel de su gente.
La realidad es que, desde el final del genocidio ruandés, nada de África nos preocupa en exceso. A pesar de que cuando acabó aquella masacre, Occidente gritó "nunca más", el único instrumento político utilizado ha sido la ayuda, con efectos más bien discretos. Parecía que los cimientos de la paz, financiados por nuestros gobiernos poscoloniales, alimentarían una nueva generación africana, pero con el tiempo todo parece confirmar una verdad cada vez más rotunda: en la era de la globalización, salvo raras excepciones, ninguno de los países antiguamente colonizados ha logrado un nivel de desarrollo aceptable. ¿Tenemos alguna responsabilidad? Aun si pensamos que no, que sus problemas nos son ajenos, la realidad apunta que de persistir las desigualdades económicas no habrá valla infranqueable para quienes intenten huir de la catástrofe. Y la inseguridad, que hoy nos preocupa, será incontrolable. Hay razones para actuar. El foro social en Nairobi nos enseña que allá, como aquí, hay también gente que lucha por sus derechos y su dignidad; por eso mientras Occidente se refiere a África siempre con pesimismo, conviene empezar a escuchar las voces que vienen de allá abajo.

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